Amigas y Amigos,

Les queremos contar que a nuestro equipo de Bicipaseos se integra Belén Fernández Llanos, como cronista y reportera, siendo ésta su primera publicación, con gran repercusión en redes sociales; sobretodo en Facebook con más de 160 acciones de compartir este escrito, y es la que queremos compartir con ustedes. Esperamos los estremezca como a nosotros.

Yo no conocí a Arturo. Hasta el día de su muerte no sabía de su vida. Nada más tenía tres indirectos vínculos con él. El primero: entro a cada librería que encuentro. Y no por que ame los libros o porque quiera comprarlos todos; intento no amar objetos materiales, aunque, tal como lo hace un libro, contenga ideas; además, no tengo tanta plata como para comprarlos todos. Entro a cada librería buscando el libro que yo misma edité  hace unos meses y que, al parecer –y dejo espacio a la duda de pura buena que soy- por la mala distribución de la editorial con la que trabajé, no está en ninguna, pero en ninguna librería. Pero he visto en ellas los libros de Editorial Cuneta y recuerdo haber pensado: pucha, ¿por qué este ser humano no diseñó la gráfica de mi libro? El profesional detrás de ese muy buen diseño, de esos colores fuertes, de esas composiciones que me hicieron mirar solo ese libro en toda la estantería, aunque era chiquito y de una editorial pequeña, poco conocida y escasamente comercial, ese profesional, era Arturo. El segundo vínculo: tengo un hombre a mi lado. Ese hombre vive con otro hombre que no es mío, sino de una mujer que se llama Cata. No sé mucho de Cata. Sé que es baja, bonita, podría decirse que muy amable. Le conozco apenas sus gustos musicales, sé que le gustan los polerones, que siempre usa zapatillas, que estudió diseño en algo.  Ayer supe que tenía un amigo que se llamaba Arturo, y que a la una de la madrugada del 10 de agosto, iba en bicicleta por Santa Isabel con Bustamante y un automovilista ebrio que se pasó una luz roja lo atropelló. El conductor se dio a la fuga y en su escape chocó a dos autos. Siete horas más tarde, Arturo, amigo de Cata, hijo de alguien, tal vez hermano de alguien, colega de alguien, se murió. Tercer vínculo: yo también ando en bicicleta. Mi hombre lo hace, mis amigos, mis compañeras de casa y mi hermana también. A todos nos encanta la bicicleta. Creemos que es una forma de libertad e independencia que nos libera el cuerpo y la mente de un modelo social que a ratos se parece mucho al Transantiago: todos apretados, todos callados, mirando como la vida pasa y nosotros ahí, quietos…pagando. Todos, en algún momento, hemos cruzado esa misma intersección de Santa Isabel con Bustamante, y hemos seguido porque teníamos luz verde, igual que Arturo, pero en nuestro caso, ese auto que venía, paró. No conocí a Arturo, pero eso no importa. Podría haber sido yo, o mi hombre, o alguno  de mis amigos o una de mis compañeras de casa o mi hermana.

Por esos tres indirectos vínculos quería asistir a la cicletada que comenzó en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Chile, llegó a la parroquia donde sus restos fueron velados y luego culminó en el Parque del Recuerdo. Me detuvo de participar un resfrío que ahora me tiene en cama y un cierto pudor que deberé vencer si deseo seguir escribiendo sobre cosas que no tienen directa relación conmigo, pero que me parecen relevantes de registrar: con el tiempo, lo prometo, iré enfrentando el miedo de ir a observar y tomar notas a lugares donde no soy nadie,  para luego llegar a mi casa y escribir sobre ellas como si yo, para esas personas, fuera alguien conocida y conocedora de lo que viven, o mejor dicho, de lo que mueren. Si. Fue el resfrío, pero también temí pasar por una joven extraña que va a funerales de gente que nunca ha visto. Algo así como esa personaje del Club de la Pelea que participaba de grupos de autoayuda para dejar de beber o para afrontar el cáncer, no siendo alcohólica y no albergando ni un solo tumor. He ido a varios velorios, pero siempre de gente conocida. Todos tristes. Al de una tía abuela, al de un profesor de mi colegio, al de mis dos abuelas, al de mi abuelo y, nótese, al de mi mamá cuando yo solo tenía 14 años. Curiosamente ese último fue exactamente en la misma parroquia que el de Arturo. Para justificar este escrito, digamos que ese es el cuarto y último vínculo que me une a él.

Hace algunos días, a propósito de la Cicletada N°200, evento que reunió a más de 6 mil o 7 mil u 8 mil ciclistas, escribí lo siguiente en mi estado de Facebook y me gané varios “Me gusta”: “Porque cada vez más gente opta por la bici como medio de transporte en la ciudad. Y cada vez da menos miedo pasar al ladito de los autos, y la gente nos mira desde arriba de las micros con cara de “esta niñita se va a matar” pero no saben que ellos mueren día a día, hora tras hora arriba de esa máquina. Y si algún ciclista muere, murió gratis, murió libre, sintiendo el viento. Hermosa cicletada, exquisita experiencia, excelente inversión. Y al cabo que no necesitamos ciclovías, nada más respeto, 1,5 metros de la calle para andar, buenas prácticas peatonales y ganas, puras ganas de pedalear. Arriba de la bici la felicidad está un poquito más cerca”.

Hoy me retracto de eso que escribí. Quizás Arturo murió gratis y libre y cuando iba por Santa Isabel sentía el viento en la cara. Debe haber sentido también frío, porque era de noche. Capaz que haya pensado lo que todos pensamos cuando andamos en bicicleta a esa hora por la ciudad: que así debería ser siempre, sin tanto auto, sin micros encima, sin taxis cambiándose de pista, sin peatones cruzando a mitad de calle. Debe haber pasado por su cabeza, y de verdad lo creo, que no hay como la bici. Que sin ella habría tenido que esperar micro, solo en un paradero. O haber aguardado un taxi que a cambio de dinero, que en cleta no gastó, lo llevaría a su casa. A lo mejor pensó en su día, recordó algo divertido, vió en su mente el rostro de alguien,  miró a un perro enroscado tratando de dormir en la calle, en esa noche helada del 10 de agosto. Quiero creer que respiró y agradeció el aire frío que entró por sus pulmones y pedaleó más fuerte para generar calor. Y dijo, pucha que es rico pedalear.

Hoy me retracto. Porque además de respeto, y espacio en la calle, y peatones concientes, necesitamos gente que si va a andar en auto no se emborrache. Necesitamos hombres y mujeres que dejen de ser tan brutalmente soberbios, como para creer que sus sentidos, criterios y reflejos no se alterarán luego de haber consumido alcohol. Personas que antes de encender la radio de su auto, prender su pucho y apoyar su codo altanero en la ventana, se acuerden que afuera va gente que no cometió el artificial acto de encerrarse en una carrocería metálica y que prefirió una máquina mucho más frágil. Frágil como la carne y los huesos de todos los seres humanos, como los de Arturo y como los de todos quienes lo conocieron y que seguramente perderán carne por la falta de apetito ante su ausencia y sus  huesos flaquearán al levantarse todos los días sabiendo que él murió. Me retracto, porque creo mucha gente que estuvo en ese funeral al que yo no fui por una mezcla de resfrío y pudor, lo quiere aquí, ahora. Vivo. Y si, la felicidad está un poquito más cerca arriba de la bici, pero desde hace dos días Arturo se subió a su cleta y ahora está lejos, muy lejos de acá.

Belén Fernández Llanos