Desde hace unos meses que nos incomoda la relación mecánica que muchos hacen entre bicicleta y moda. Los medios de comunicación con sus ya tradicionales y ligeras notas, los infaltables coléricos que se molestan con cualquier aglomeración ciudadana, o los nostálgicos que no entienden que una manifestación no responda a la lucha de clases, son parte de los que promueven esta imagen. Al parecer, no pocos piensan que iniciativas como la Feria de las Pulgas ciclista, los pedaleos familiares por Ñuñoa, las Cicletadas Por-que-Sí, los Bicipaseos Patrimoniales y hasta la propia Cicletada del Primer Martes no pertenecen a ningún movimiento y lo que es peor, que carecen de expresión política.

No hay duda que estamos insertos en una sociedad de consumo que mercantiliza cualquier manifestación social. Es evidente que muchos de los nuevos pedaleros en Santiago responden más a criterios estéticos que  a la búsqueda de transformaciones sociales. Son bastantes los que no andan en cualquier bicicleta, sino en la que otorgue un estilo particular y que destaque sobre las demás. Ropa, accesorios y múltiples colores han construido en los últimos años un nuevo patrón identitario, que a menudo tiene poco discurso crítico y mucha empatía con el sistema de libre mercado.

No obstante, no podemos negar el trasfondo político que hay detrás de las organizaciones y los participantes en este nuevo contexto cultural.  El movimiento ciclista, con todas sus colectividades  e individualidades adentro, tal vez en muchos casos comulga con ese deseo de tener lo último en tecnología y lo más alto del estilo, pero incluso arriba de esas cletas, los ciclistas sabemos que nuestro ejercicio es un ejercicio político. Porque si atendemos a la definición más clásica de política, la griega, que refiere a los modos de habitar la ciudad – la polis- nosotros habitamos de una forma que ni automovilista, ni peatón habitan la ciudad. Y a partir de ese simple acto de mover con las piernas un vehículo frágil, sencillo y a escala humana, comenzamos a mirar distinto no solo la calle, sino la vida.

La defensa de la bicicleta va más allá de la promoción de un sistema de transporte sustentable o de sus sabidos beneficios a la salud. Para muchos de nosotros, la bicicleta representa un modo de vida alternativo en una ciudad contaminada no solo por smog y ruido, sino también por individualismos y altos niveles de competitividad. La apatía social desaparece cuando pedaleamos. La bicicleta ha permitido a muchos encontrar un grupo donde compartir, pasarlo bien y en general, construir comunidad. Éste es el mayor valor de las actuales iniciativas cicleteras que se producen en la ciudad, ya que elaboran redes de trabajo, lazos sociales y de solidaridad muy poco comunes en nuestra actual sociedad.

Por eso, aplaudimos a todos quienes, adscritos a una organización o la simple soledad de su bicicleta, contribuyen con este propósito e invitamos, al mismo tiempo, a los ciclistas que no han compatibilizado el pedaleo con la crítica, a hacerlo, y a liberar su cuerpo y su mente de las carrocerías de nuestra sociedad y a ver en sus pedales el motor de un cambio, individual, colectivo, y por lo tanto, político.

Nicolás Aguayo / Belén Fernández

Para Bicipaseos Patrimoniales