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Imagen: solrobayo

La bicicleta es una máquina de sensibilidad que nos pone en contacto con nuestro entorno. Cundo nos subimos a una bicicleta para desplazarnos por la ciudad, abrimos todos nuestros sentidos para atender a lo que ocurre en la calle.

Así como tenemos automatizada la mecánica corporal de velocidad, coordinación y equilibrio que debimos aprender alguna vez para poder andar en ella, de modo natural conjugamos diversas formas de atención e interacción para captar todo el acontecer durante el pedaleo. En lo personal soy usuaria habitual de la bicicleta, es mi principal medio de transporte, razón por la cual usualmente me dirijo hacia un destino específico y con el tiempo justo. Pero también me gusta cuando puedo bajar la velocidad y reflexionar arriba de la bici. Esto sucede casi siempre de vuelta a casa. El viento frío de la tarde y la cabeza sin tantos pensamientos,  me permiten darme cuenta de los múltiples intercambios que ocurren frente a mis ojos durante el trayecto.

Con el pie puesto en el pedal se activa el dispositivo mecánico de rotación y todos los elementos involucrados comienzan a jugar. El cuerpo le toma el pulso a la ciudad: el flujo del tráfico, la temperatura del ambiente, el estado anímico, intensidad o tensión de los ciudadanos. Pero más allá de las señales o reglas para circular en el espacio público, hay un gesto clave con el que dialogamos ciclistas, peatones y conductores: el contacto visual.  Mirar a los ojos a quien se cruza permite en pocos segundos llegar a un acuerdo de ceder el paso. Es una señal de reconocimiento del otro que suspende en ese instante la cotidiana actitud de confrontación en la vía. Segundos de quietud y atención que para un estado de máximo estrés citadino pueden significar vidas, o piernas, o tiempo, o insultos, o disgustos, o dinero.

Soy bogotana pero hace cinco años que salí de Bogotá. Vivo en Santiago de Chile, ciudad que descubrí y aprendí a querer arriba de la bicicleta. Desde esa perspectiva pude conocer sus necesidades y problemáticas, con lo cual encontré puntos de convergencia con las complejidades de mi ciudad. Una ciudad real y, como Bogotá, en constantes tensiones y cambios, lejana de la postal neoliberal que me presentaban antes de llegar a Chile. Pero eso es materia de otra historia.

Cada vez que vengo por algunas semanas a Bogotá, me encuentro con una ciudad difícil y agresiva, a veces lamentablemente poco sonriente. Escucho a mucha gente quejarse del colapso de la ciudad y el deterioro de la calidad de vida a causa de los problemas de transporte. Junto a esto, absurdamente, me sorprende que cada vez haya más vehículos y mayores facilidades para adquirir automóvil, una avalancha de marcas extranjeras con precios muy económicos. Ahora es común saber de familias que tienen dos carros para no verse afectadas por las medidas de restricción vehicular.  En pocas palabras, existe hoy en Bogotá un estado de aislamiento generalizado y falta de reconocimiento de la ciudad como un espacio compartido, hay carencia de humanidad.

Existen también ciclistas, peatones y runners enajenados que van a toda velocidad sin detenerse a reconocer quien se cruza en su camino. Sucede aquí, en Santiago e imagino que en otras ciudades. Muchos choques o atropellos a ciclistas o a peatones podrían evitarse si se diera ese momento de contacto en que uno de los dos pasa y el otro espera y ve pasar. El eslogan vacío de la “Bogotá Humana” es una ironía cuando no somos capaces de dialogar, cuando hemos perdido la sensibilidad hacia el otro.

La bicicleta es sin duda el medio más efectivo y rápido para moverse hoy en Bogotá. Pero además de eso, la bicicleta nos invita a sentir en nuestra piel la ciudad, a conocernos y reconstruir una relación que hace ya años los bogotanos dimos por perdida.