Más allá de la clásica discusión sobre el valor o entusiasmo con que hoy en día la fiesta de Halloween se ha ido haciendo parte del calendario de festividades en Chile, y por ahora dejando de lado la reflexión sobre cómo la globalización va redefiniendo y tensionando ciertos patrones de las culturas locales, quisiera aprovechar la oportunidad para darle una vuelta a los disfraces y máscaras que acompañan dicha fiesta. Pero no con el fin de acercarnos a las películas de monstruos y personajes que desde el cine norteamericano han ido poblando el imaginario que tenemos acerca del miedo y el terror, sino que con la idea de buscar aquellas historias que desde nuestro contexto y desde mucho más cerca también nos pueden erizar la piel.

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Nadie está diciendo que no me haya visto más de alguna película de Freddy Krueger, que no haya disfrutado de los nervios que provocaba ver girar la cabeza de Linda Blair en El Exorcista, o por supuesto, que no haya sido sorprendido por el tremendo final de Sexto Sentido (“I see dead people”). Lo que quiero plantear, es que la posibilidad de sentir ese miedo cinematográfico también está en nuestras calles, en nuestras casonas, como además en los pueblos que están fuera de Santiago, los que como intemperie de nuestra ciudad guardan una fuente importante de relatos que desde lo inexplicable pueden vincularnos con esas sensaciones que generan la cercanía con lo desconocido.

Dentro de las historias urbanas, me es imposible no mencionar la “Casona Mujica”. Una maravillosa construcción de principios de siglo XX que era más conocida como la “Casa Embrujada de Ñuñoa”. El palacete ubicado en la esquina de Avenida Grecia con Bustamante tenía más de 30 habitaciones y durante sus últimos años de existencia se hizo muy conocida por historias de ruidos, quejidos tenebrosos y extrañas apariciones que vecinos y visitantes del lugar dicen haber presenciado.

Casona Mujica

La emblemática casona durante la década de los 90 intentó ser vendida por sus herederos, pero las mismas historias impidieron que nuevos compradores se hicieran cargo del misterioso lugar. Finalmente, en Agosto de 2005 fue rematada, apenas un par de meses antes de que un incendio se llevara los relatos y la posibilidad de que la Casona Mujica fuera declarada monumento histórico. Muchos rumorean que se trató de otro oscuro episodio de uno de los fenómenos más temidos en nuestras ciudades y sus rincones patrimoniales: “la piroquinesis inmobiliaria”.

Otro espacio que aparece mencionado en libros y testimonios como escenario de sucesos paranormales, es el centenario edificio de la Biblioteca Nacional, lugar donde antes existía uno de los claustros de las Monjas Clarisas, las mismas que algunos funcionarios y usuarios dicen haber visto por los pasillos con sus pesados vestidos. Incluso se dice que hay libros que cambian misteriosamente de lugar, y no precisamente porque alguien quiera sacarles fotocopias.

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Como siempre, también hay lugares que por sus tragedias se les asocian apariciones o fantasmas, así destacan los relatos de los guardias que antiguamente eran encargados de vigilar en las noches los andenes del metro, antes de que instalaran las cámaras de vigilancia que hoy día cumplen esa función. Los antiguos nocheros cuentan varias historias de personas que aparecen y desaparecen misteriosamente en las escaleras, andenes y en las mismas líneas del tren subterráneo. Son tantos los sucesos del Metro, que su material dio origen a un libro llamado “Ferrocarril Metropolitano: Bitácora de un Funcionario: 1978-2007” donde la principal explicación estaría relacionada a las almas en pena de personas que se habrían suicidado en las estaciones del tren capitalino.

Si bien es verdad que de Santiago podríamos mencionar más sucesos, lo que es más cierto es que al alejarnos de la ciudad e internarnos en las memorias del campo, la cantidad y variedad de cuentos tenebrosos es mucho más sorprendente aún. Por eso no es raro que al conversar con los antiguos de cada pueblo, uno pueda pasarse tardes completas escuchando que el diablo vive en tal cerro, que no conviene pasar por ciertos lugares a la medianoche o que hay que guardar el ganado porque anda rondando el chupacabras.

Son historias que nos gustan porque nos llevan a nuestros miedos, que a veces tienen que ver con nuestra evasiva relación con la muerte o con aquello que no nos podemos ni queremos explicar racionalmente. Esa sensación, que en realidad es bastante distinta a la que buscamos cuando vamos al cine para divertirnos con una película de terror, es la que se puede sentir en el programa de televisión “Miedo a la Chilena”, una notable serie documental que por cierto les recomendamos mientras esperamos que algún día salgamos juntos en un oscuro y horroroso bicipaseo del terror.

http://youtu.be/AhaemWgfjFo