Cuando sabes que vas a tener un hijo, si bien tu vida sigue igual, el entorno social comienza a preocuparse con infinitos ¿qué vas a hacer ahora con…? ¿Cómo lo vas a hacer para…? Y de a poco te convencen de que tú, tus hábito de vida y todo lo que te gustaba hasta antes de ser mamá/ papá, se va a relegar para siempre. Por eso cuando supe que estaba embarazada me dije a mí misma: ¡Quiero que sean los mejores meses de mi vida! Y a pesar de que así fue, y recorrí todo el norte a dedo y acampando, aprendí a tocar dos instrumentos, y trabajé y bailé hasta días antes de romper fuente, desde que me supieron embarazada, comencé a recibir advertencias de todas partes, sobre todo con el tema de la bicicleta… ¿Cuándo te vas a bajar de la bici?  Ya es hora de que comiences a pensar en un auto, pucha que te hará falta y en bici ya no podrás andar con el niño.

Ok, veamos.

La primera vez que salí con Emiliano después de recién nacido, en pleno invierno, tomé la micro. Y entonces comenzaron los problemas (principalmente porque en mi condición de madre soltera, no recibía asistencia de algún caballero o dama de compañía para trasladarme). Para subir, había que desarmar el coche. Entonces con una mano afirmaba al bebé, con la otra desarmaba y tomaba el coche, en el mismo brazo el bolso, y la bip en la boca. Listo! Apenas pasaba el validador, el chofer tomaba impulso y plaf! Me azoté contra un fierro entre coche, guagua, bolso y bip. Resultado una lonja menos en la mano, el coche arrastrándose por el pasillo, pero la guagua intacta. Micro= Paso.

Luego, y teniendo la suerte de vivir cerca de una estación de Metro, probé con este medio. De partida para bajar había que hacerlo por el ascensor, lo que me limitaba a las líneas nuevas, porque las antiguas no tienen ascensor, y en las nuevas el 70% de ellos está malo. Si no, tenía que agarrar el coche con Emiliano y bolso dentro y comenzar a bajar en un acto de equilibrismo contra la pendiente, mientras la gente te mira pero no te ayuda, hasta que algún padre o madre consciente salta desde el infinito para ofrecerme su ayuda y bajar entre los dos tanto la guagua como el resto de cosas, o ambos juntos equilibrándonos en sincronía en bajada. Esta misma operación debe repetirse para cada subida y bajada en las escaleras del Metro; desde entonces comencé a tener conciencia lo complejo que debe ser trasladarse en este medio para aquellas personas que se desplazan en sillas de ruedas y que al igual que yo, usualmente van solos. Pasada esta prueba debes ingresar a algún vagón en el que haya suficiente espacio para ingresar con coche, guagua y bolso sin desarmar los anteriores (gracias Metro), lo que te limita no sólo en tus traslados por estaciones menos concurridas, sino que también en los horarios de circulación. No se le vaya a ocurrir la osadez de subir al metro con coche en hora punta… morirá aplastada y humillada en el intento. Cuec! Metro= sólo a veces.

La opción auto, lejos de estar fuera del alcance de mi presupuesto en el que además ahora debía incluir a otra personita, se me volvía además de caro, peligroso, puesto que siempre he temido a conducir en la batalla campal que son las calles de Santiago, y no puedo hacerme responsable más que de mi persona si voy conduciendo y el niño atrás en su silla, según indica la ley. Lamentablemente, de adolescente sufrí la muerte de una amiguita de unos cuatro años por ir sentada atrás y no adelante junto con la madre, donde uno puede abrazarla, protegerla, cubrirla, sacarla o expulsarla con más inmediatez. Así que eso de llevar a la guagua atrás sola y yo adelante, jamás me la he bancado. Auto= Olvídalo!

Y entonces, cuando pensé en mi siempre fiel y ponderable amiga bicicleta, no tuve duda alguna, puesto   que de muy pequeña me entretenía mirando por la reja de mi casa pa fuera, las bicicletas de aquellos vecinos y familiares yendo a buscar a sus hijos, nietos, hermanos, sobrinos, vecinos a la salida del colegio, y cerca de mi casa había cientos. Es así como desde muy chica, y dado que vivía en barrio viejo, que todas las tardes ochenteras y noventeras de mi infancia me divertía mirando las más curiosas formas de llevar a uno, dos y hasta tres niños en una sola bici, en aquellos tiempos donde la seguridad actual no existía, porque por entonces la mayoría tenía bici y sólo aquellos más privilegiados un auto para ir a buscar a los niños (nada que ver con esas van 4×4 que uno ve ahora, conducidas por señoras que vienen del gimnasio o de tomar café con las amigas). Fue entonces como descubrí la clásica posición a lo Machuca, sobre todo en las viejas CIC, con el o la niña de pie en los pernos de atrás apoyada en los hombros del conductor. También estaban aquellos que llevaban a los niños  sentados en el fierro del cuadro, ó, según el porte y peso del niñ@, sentados en la T del manubrio, esto era usual de ver cuando se llevaba a más de uno y el otro iba sentado en la parrilla de la bici, lo que implicaba un ejercicio máximo de cuadríceps, por tener que ir con las piernas abiertas para no meter el pie al rayo.

El ingenio daba para todo, entonces en las bicis de mujer se improvisaba un asiento de madera (duro como él sólo) en el fierro transverso del cuadro, lo que era mejor que ir sentado en el fierro mismo, porque cuando los debidos conductores frenaban, a una que es mujer y usaba jumper o falda, las piolas le agarraban la piel y la tiraban a grado de dolor.

La más peligrosa de todas las posiciones era la lleva guaguas con un cojín puesto en la T del manubrio y la guagua boca abajo, sin ningún cinturón ni nada más que la rápida reacción del abuelo, padre o madre para afirmarla en caso de desestabilización del niñ@.

Por suerte en el 2009, cuando nació Emiliano ya se habían inventado las sillas de guaguas para bicicletas, con cinturón, seguro frontal, acolchado, apoya pies, luces, casco y toda la vaina. El único detalle de este modelo eso sí, es que los niños deben afirmar la cabeza por sí solos, es decir tener sobre 6 meses. Por eso es que luego de haberme bajado de la bici embarazada de 5 meses por contracciones prematuras (nadie quería ser porfiada o poner en riesgo la vida que llevaba dentro), tuve que esperar hasta los 10 meses de mi hijo para volver a subirme a una bicicleta junto a él (Emiliano siempre ha sido cabezón, motivo por el que el peso de su cabeza lo desfavorecía en caso de movimientos bruscos o de freno).

Cuando eso ocurrió, retomamos nuestro derecho a la ciudad. Íbamos para todas partes en un mismo vehículo sin limitaciones y por plena Avenida Recoleta, donde los choferes a fuerza de conciencia debían darnos un espacio en la pista para dejarnos volar, sí, volar, porque para Emiliano la silla de la bici, era lo más parecido a una nave espacial, dónde podía sentir la velocidad del viento directo en su cara, usaba casco, y podía extender los brazos y apretar botones (mi espalda) mientras iba memorizando el paisaje y lanzando frases galácticas. Mucha gente me preguntaba si me daba miedo ir con el Emi atrás, y bueno, como yo llevaba más de una década usando la bici como medio de transporte, y 25 años arriba de una como modo recreativo, pero que usaba todos los días, no fue mucho el temor ni el cambio.

OTRA-CLAUDIA-EMI

Debo reconocer eso sí que me volví más prudente, comencé a circular más lento y aprendí a esperar las luces rojas, porque cuando una es madre no sólo debes dar el ejemplo pensando en un futuro ciclista que respeta las leyes del tránsito y a los otros modos, sino porque nace una especie de compromiso con el futuro en el que no existe la posibilidad de fallar, caer o morir, sobre todo para quienes no tenemos alguien más a quien confiar la crianza y educación valórica de nuestros hijos.

Luego de 4 años pedaleando para todos lados con él, incluidos los más de 20 bicipaseos que lleva asistiendo a lo koala, uno pedaleando solito, una arrollada de camión de gas que terminó con la ley y mi furia sobre el irresponsable conductor, y los 14 kms diarios que nos recorríamos hasta el año pasado para ir a dejarlo y recogerlo a su jardín, la gente ya no me mira con cara de “qué madre más irresponsable”, sino que me pregunta: ¿dónde venden las sillas?, ¿cuánto se demora?, o si cree que él o ella también podría llevar a su hijo, etc, etc.

Y es que, según mi opinión, que la bici se haya puesto de moda, es bastante positivo. Porque lo que parte por un desafío, o por simple moda, se vuelve finalmente un hábito o una trascendencia hacia una nueva forma de calidad de vida, por eso, y por lo que represento como madre pedalera, es que trato siempre que mi indumentaria no sea la de una rutera o bicicrossera, sino la de una mamá que va al trabajo, con falda y chalitas, o un femenino vestido de temporada; de esta manera las mamás que aún no han intentado subir a sus hijos a la bici o inclusive ellas mismas, se convencen que no tienen que llevar un disfraz de superheroína, o superdeportista para poder pedalear con sus hijos a lo kanguro o koala. Porque estoy segura, que por lo menos a todas mis contemporáneas, nuestros padres o madres nos llevaron en bici a lo machuca o il postino cuando éramos chicas, sin luces, sin casco y como siempre por la calle. Sólo que de un tiempo a esta parte, el miedo y la vergüenza derivada del consumismo del cómprate un auto perico, nos hizo olvidar lo SIMPLE que siempre ha sido ir a todos lados en bicicleta, y que la seguridad de nuestros hijos depende de nuestra buena y responsable conducción (siempre a la defensiva) y no necesariamente de un casco, una tricota, o una bici con sillas o carritos de última tecnología (aquí me echaré a varios encima, pero es MI opinión, bajo mi realidad y no la del resto).

La otra vez pensaba en cómo lo haría con la bici si alguna vez tenía otro hij@, y entonces vi un artículo en internet donde salía una mamá nórdica con sus 6 hijos en una especie de bullyt tipo trineo en el que iba a dejar y a buscar a todos sus hijos juntos al colegio, y me respondí a mi misma: Sí se puede.

Hace apenas un par de meses y luego de toda una vida arriba del pedal, mi madre emocionada por mi foto y relato en un libro sobre bicis me revela la historia de cómo se había enterado de mi venida al mundo: Mi padre, por allá por el 81, le había regalado una bicicleta para que fuera a buscar a mis dos hermanos mayores al colegio, (todo un desafío para mi mamá, cuyo padre había fallecido atropellado en bicicleta en pleno centro de Santiago cuando ella tenía apenas 4 años, motivo por el además de evitar este modo de transporte, siempre desincentivó mi pedaleo como tal) cuando en alguno de aquellos viajes, y producto de una falla mecánica, mi madre se manda un porrazo de cabro chico en la tierra, quedando levemente machucada y lesionada. Días después y a consecuencia de un desmayo en plena casa, mi papá la manda al doctor pensando en una posible secuela producto del golpe, pero el diagnóstico arrojó otra causa: tres meses y medio de embarazo. Así que a 32 años del episodio, me vine a enterar porqué fui pedalera insistente en una familia de aférrimos automovilistas, y descendencia traumada por muertes en bicicleta.

Hoy Emiliano Vicente Salvador, bisnieto del José Ignacio Yévenes que corría en el velódromo y que falleció arriba de una bici en el 59, nieto de una temerosa abuela que pedaleaba embarazada cargando niños en bicicleta en tiempos de recesión, y una madre que según sus vecinos no tiene pies sino ruedas; tiene su propia bicicleta en la que anda desde los 2 años (por su puesto reciclada y donada por alguien del medio), es un conductor muy responsable, y adora salir con sus amigos los “biciquistas”(sic) mientras canta la de Freddy Turbina. Se sabe la mayoría de las reglas del tránsito y si salgo apurada me advierte que voy sin casco, que a mi luz le falta una pila y que me aplique bloqueador solar. Yo le recuerdo todos los días lo mucho que lo amo, por si en una de esas me voy pedaleando pal cielo, no se le vaya a olvidar.

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Candelaria Acústica.