10679892_724819460917817_5943239849251157175_o

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fotografía del bicipaseo “S.O.S Patrimonio en Peligro”, realizado el sábado 6 de Septiembre de 2014. Por Claudio Soto

Durante los últimos meses por fin la problemática patrimonial en Santiago se ha convertido en un foco mediático. Notas en la prensa escrita y televisiva han dado cuenta de una serie de disputas urbanas relacionadas al riesgo de demolición de ciertos espacios que tendrían características invaluables. Las Cavas de San Miguel, el céntrico Edificio de Protección Mutua e innumerables casas del Barrio Yungay, son casos que han dado prioridad a la reivindicación patrimonial en la agenda cultural nacional.

Si a esto le sumamos la movilización sostenida por los funcionarios del Consejo de Monumentos Nacionales[1] (en adelante CNM), podemos ver cómo el escenario que se venía complejizando en los últimos años, alcanza un clímax.

Para asimilar este proceso es necesario reflexionar sobre la construcción de la noción de patrimonio. Cuál es su definición y connotación en nuestro contexto cultural, social e institucional; cómo se ha entendido el concepto de patrimonio en Chile; cuáles han sido los actores involucrados en su construcción y, por sobre todo, quienes deciden lo que es patrimonial, son algunas de las preguntas que es necesario desentrañar.

 

Visión clásica del patrimonio: entre la elite y el poder.

Por muchos años el concepto de patrimonio estuvo estrictamente ligado a la arquitectura monumental. Grandes edificios representativos de la institucionalidad pública, el poder eclesiástico y palacetes o casonas particulares -testimonio del poder económico-, eran lo que comúnmente se comprendía como ejemplo del patrimonio nacional.

Solo hay que recordar cuáles eran los inmuebles que se abrían, de forma inédita, los primeros años en que se realizaba el Día del Patrimonio, primer ejercicio estatal por difundirlo de una forma masiva[2]. Fecha en que para el ciudadano común se daba la oportunidad de conocer por dentro el Palacio de la Moneda, el Ex Congreso Nacional, La Bolsa o el Club de la Unión, solo por hacer mención de los sitios emblemáticos más concurridos. La actividad, que hasta la actualidad es un completo éxito, permitía acercarse a espacios que en la cotidianidad aparecen clausurados e inalcanzables para el transeúnte anónimo.

Es allí donde reside la problemática central, asentada en que este primer acercamiento al patrimonio era mediante edificios que la ciudadanía no sentía como propios, bienes culturales que representaban a otros. Espacios visitados únicamente desde una experiencia turística, que promueve el conocimiento superficial de aspectos culturales de una realidad ajena. La oportunidad de conocer lo negado otorga hasta hoy el éxito a este tipo de prácticas estandarizadas.

Si uno revisa la historia de la institucionalidad patrimonial puede observar que su principal órgano, el CMN, desde sus orígenes cumplió una función muy práctica: proteger INMUEBLES particulares o en conjunto, que se caracterizaran por tener distintivos históricos y arquitectónicos únicos e irrepetibles, es decir, si es que desaparecía la edificación, se perdía para siempre una expresión de lo que se pretende establecer en el imaginario colectivo como “nuestra cultura”. Esta visión, que sigue las primeras convenciones de la UNESCO[3], es la que se continúa aplicando en la actualidad. El problema es que, al igual que para muchas otras prácticas y legitimaciones culturales, ha prevalecido una óptica que pone en valor solo manifestaciones materiales de un grupo hegemónico[4]. ¿Por qué proteger la casa patronal y no la del inquilino? ¿Por qué el palacio y no el cité o conventillo?

 

Hacia una nueva visión: el patrimonio como herramienta de cambio y acción

Nos acercamos al centro del problema: el patrimonio cultural no es una práctica natural ni un asunto inocente. De hecho, si lo pensamos desde la institucionalidad, el concepto ha funcionado por décadas como una herramienta legitimadora de los vestigios históricos de la elite local. Es cosa de ver a quiénes representan los monumentos públicos que existen en nuestra ciudad. Se rememora en el espacio público mayoritariamente a grandes personajes de nuestra historia política, económica y bélica. Lo mismo sucede con los Monumentos Nacionales, edificios que de la misma manera cumplen un ejercicio conmemorativo de un sector social.

Sin embargo, este panorama durante la última década comenzó a cambiar. Surgieron nuevos actores en la escena. El CMN, ente conformado por especialistas y miembros de diversas ramas (incluso del ejército) exceptuando representantes de la ciudadanía, empezó a tener solicitudes de declaratorias patrimoniales por parte de organizaciones ciudadanas. Uno de los primeros casos fue la Población León XIII en Bellavista, uno de los conjuntos habitacionales obreros más antiguos de Santiago cuyos nuevos propietarios, ante el riesgo de la construcción de una autopista, vieron en la Ley de Monumentos una forma de proteger su barrio.

Otro caso icónico es el barrio Yungay, uno de los pocos sectores de Santiago que hasta ese momento no había sufrido mayores intervenciones en sus características arquitectónicas de fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Pero que frente a un eventual cambio en el plan regulador que daba libertad para la construcción de edificios de altura, vecinos se organizaron para lograr la declaratoria de Zona Típica[5].

Situación similar encontramos en la declaratoria de Zona Típica del Barrio Viel, donde vecinos organizados supieron sacar provecho de los elementos arquitectónicos e históricos que se conjugaban en el lugar, no con la finalidad de proteger inmuebles, sino principalmente para proteger el estilo de vida a escala barrial, es decir, a partir de la valoración del patrimonio inmaterial[6].

Estos ejemplos de acción conjunta y apropiación ciudadana del Patrimonio permiten replantear desde la esfera pública el concepto de lo patrimonial, y comprender su carácter dinámico y su orgánica socio–cultural. Es así como en los últimos años podemos ver aproximaciones al patrimonio como una herramienta para organizaciones que exigen al estado la protección de sus viviendas o entorno, y los resguarden de amenazas literales ­como inmobiliarias, autopistas, centros comerciales, etc.

 

Entra en escena el proceso de autovaloración social

En el proceso que lleva a que la noción monolítica de patrimonio se convierta en una causa legítima de acción social, reconocemos un giro conceptual. Por una parte se encuentra el Estado generando procesos de patrimonialización (acción de valorización o activación patrimonial) enfocándose en los atributos o características singulares de un bien, mientras la ciudadanía emplea como herramienta la ley de CMN para instalar procesos de autovaloración, que nacen en su mayoría desde una amenaza concreta. Ante este panorama el patrimonio abandona su velo y muestra su real cara, se posiciona como un espacio de permanente conflicto de poder.

Si bien el Estado aún es el que legalmente declara lo que es o no es patrimonio, en la actualidad el proceso se ha complejizado. La selección y valoración de ciertas manifestaciones culturales ya no son prácticas exclusivas de especialistas; así como el patrimonio no se define únicamente desde la singularidad. El concepto de identidad y de apropiación colectiva ha posicionado al patrimonio como resultado de una construcción social. No obstante, este último proceso, dadas las características sociales, culturales, políticas y económicas de nuestro país, ha asumido un carácter reivindicativo.

Mucho más que argumentar la protección por atributos arquitectónicos o históricos, se habla de vida de barrio, ciudad a escala humana, en definitiva, de calidad de vida. Y es ahí donde está la clave del patrimonio cultural, que en la actualidad es una de las pocas instancias para discutir nuestra sociedad. El patrimonio se nos presenta como dispositivo para reflexionar sobre nuestro habitar desde distintos puntos de vista (vivienda, espacio público, movilidad, educación, salud, etc.). Y además, gracias a estas acciones reivindicativas se ha fortalecido el tejido social de los barrios, generado procesos de asociatividad, fomentado el encuentro social y potenciando los sentidos de pertenencia.

 

¿Proteger el bien o su relación con la sociedad?

Entonces, por qué el Edificio de Socorros Mutuo es patrimonial ¿por qué debe protegerse? Siguiendo una nota del Diario Ciudadano, debería conservarse ya que se trata de una antigua edificación de incalculable valor arquitectónico. Si es así, continuamos pensando en una lógica patrimonial desde la característica del bien y no desde su relación con la sociedad. Además, los valores asociados al bien material también pueden ponerse en duda, ¿se trata efectivamente de un edificio de INCALCULABLE valor?

Es evidente que la discusión va más allá de eso, este edificio representa una lucha, una disputa ciudadana respecto a nuestro rol en la transformación de la ciudad. Como vivimos en una sociedad donde el mercado es el actor hegemónico, con un Estado que únicamente regula, y lo hace a medias, el patrimonio se ha transformado en un ámbito para criticar no solo los procesos de urbanización, sino en sí mismo nuestro modelo de sociedad. Por eso es imperioso entender que la patrimonialización no es un ejercicio nostálgico y menos aún inocente.

 

El patrimonio desde Bicipaseos

Nosotros, como organización cultural ciudadana, buscamos difundir el patrimonio, ponerlo en valor, pero no como un ejercicio instructivo. Nuestro objetivo va mucho más allá de aprender la historia o las características arquitectónicas de un lugar. Utilizamos al patrimonio como un catalizador de reflexiones sobre nuestra actual y futura sociedad. Esta práctica de cosificación de la cultura tiene claros objetivos políticos –entendiendo lo político como una práctica, una acción crítica, consciente de su relación de reciprocidad con el medio-[7] y propone al patrimonio como una oportunidad para transformar nuestra realidad social.

Sí, el patrimonio cultural está en peligro, pero el riesgo no es únicamente perder un edificio o una manifestación cultural. La verdadera amenaza es convertirnos en una sociedad donde únicamente seamos espectadores de decisiones y acciones de terceros. En tal sentido, el patrimonio cultural es una de las pocas oportunidades que nos quedan para la construcción colectiva de nuestro porvenir.

 

Reconociendo lugares patrimoniales en peligro

La tarde del sábado 6 de septiembre llevamos a cabo el recorrido “S.O.S. Patrimonio en Peligro”. En aproximadamente 15 kilómetros visitamos 4 hitos de la ciudad para conocer sobre sus historias y arquitecturas reflexionando sobre el concepto de patrimonio, los conflictos de poder por los que se ve amenazado y, por sobre todo, para entender la importancia de la acción ciudadana para su reconocimiento, valoración y defensa.

Así pudimos conocer el Edificio de Socorro Mutuo en peligro de demolición en pleno centro de la ciudad, el hermoso Teatro Huemul construido en 1915 y sus dificultades de financiamiento siendo uno de los pocos centros culturales del Barrio Franklin, las subterráneas Cavas de San Miguel en torno a las cuales un grupo de vecinos se organizó, y por último una antigua casona que desde principios del 1900 es el último testigo de cómo era la vida cotidiana en el sector del Barrio Cívico antes de su construcción:

 

  1. Edificio de Socorro Mutuo: En alianza con Patrimonio Urbano, en este primer hito reflexionamos sobre el proceso de reconocimiento de inmuebles de conservación histórica y profundizamos en la disyuntiva legal en que este edificio se encuentra.

 

 

Foto tomada durante la ruta de prueba.

 

 

  1. Teatro Huemul: En el Teatro Huemul remarcamos el rol que ha tenido este teatro no solo para la historia cultural sino para su propio entorno como epicentro de reunión de la población obrera del barrio Franklin a la que pertenece. A causa de la carencia de políticas que permitan un financiamiento estable y constante de los espacios culturales, el Teatro Huemul se encuentra cerrado en la actualidad, pues no cuenta con la capacidad material para continuar con las actividades que se realizan de manera gratuita en este espacio.

 

  1. Cavas de Concha y Toro: Pedaleamos hasta la comuna de San Miguel para reconocer el territorio que alguna vez albergó las Bodegas de Vino de Cocha y Toro, hoy en día demolidas para dar paso a un proyecto inmobiliario de gran envergadura. Pese a la campaña “No a Altos del Llano”, liderada por la organización vecinal que valora este espacio como patrimonio asociado a la cultura del vino en Chile, la Municipalidad dio autorización para la construcción de las cuatro torres de 18 pisos sobre las cavas que, al final, quedarán como único vestigio subterráneo.

 

 

  1. Casona costado INE: Esta casona es el último vestigio de las construcciones existentes en el sector antes de apertura de eje Paseo Bulnes. La casa se mantiene como un testigo anónimo de una época que progresivamente ha ido quedando en el olvido al ser reemplazada por mega edificios funcionales. La casa, sin características monumentales sino simplemente representante de una vivienda de clase media de comienzos del Siglo XX. Este último hito deja abierta nuestra reflexión sobre los valores y cualidades que determinan los lugares patrimoniales.

 

Autor principal: Nicolás Aguayo
Apoyo en investigación: María Fernanda Martínez, Pablo Arriagada y Rodrigo Padilla
Edición y notas: Lina María Barrero

[1] El día sábado 24 de Mayo de 2014, los trabajadores del CMN convocaron a una Marcha por el Patrimonio, movilización en protesta contra la precaria situación laboral de los funcionarios del consejo. Problemática que deja entrever el lugar secundario que la temática patrimonial tiene para el aparato estatal.
 
[2] El Día del Patrimonio Cultural es una actividad anual, instaurada en Chile en 1999, por el decreto 91 del Ministerio de Educación, cuya finalidad es permitir al público en general conocer y disfrutar del patrimonio cultural, histórico y arquitectónico nacional. Se celebraba originalmente el 17 de abril, a partir del año 2001, se realiza el último domingo de mayo.
 
[3]La Convención sobre la Protección del Patrimonio Mundial Cultural y Natural fue adoptada por la Conferencia General de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) el 16 de noviembre de 1972, con el objetivo de promover la identificación, protección y preservación del patrimonio cultural y natural de todo el mundo, el cual es considerado especialmente valioso para la humanidad.
 
[4]En este sentido, la legitimación institucional se puede asimilar a lo que Pierre Bordieu (1979) denomina prácticas estructurantes, es decir, las estructuras a partir de las cuales se producen los pensamientos, percepciones y acciones de una mayoría. Esto hace que la eficacia preponderada de las prácticas culturales asumidas como propias respecto de las que no, actúe como criterio de selección de la cultura hegemónica (reconocimiento arbitrario, social e histórico de su valor en el campo de lo simbólico) ya que, según Bourdieu, la cultura importa como un asunto que no es ajeno a la economía ni a la política. Bourdieu, Pierre. Raisons pratiques. París: Seuil, coll. Points
 
[5]El 19 de febrero de 2009 el Barrio Yungay fue declarado Zona Típica junto con el Barrio Brasil, el Parque Portales y el Barrio Concha y Toro, todos a través de un mismo decreto. La superficie total protegida es de 113,53 hectáreas, en manzanas abarcadas en la zona total entre Av. Matucana, Manuel Rodríguez, Alameda y casi al llegar a Av. San Pablo.La declaratoria fue lograda por el grupo ciudadano “Vecinos por la defensa del Barrio Yungay”, que venía trabajando desde 2007 para lograr la protección patrimonial del barrio. La organización presentó un “Estudio del Patrimonio Arquitectónico de Santiago Poniente” y un expediente con cartas de apoyo con 2.577 firmas de propietarios, arrendatarios y 72 instituciones, que apoyaban la demanda.
 
[6] Según la Convención para la Salvaguarda del Patrimonio Cultural Inmaterial del el 17 de Octubre de 2003, Se entiende por patrimonio cultural inmaterial los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas -junto con los instrumentos, objetos, artefactos y espacios culturales que les son inherentes- que las comunidades, los grupos y, en algunos casos, los individuos reconozcan como parte integrante de su patrimonio cultural. Este patrimonio cultural inmaterial, que se transmite de generación en generación, es recreado constantemente por las comunidades y grupos en función de su entorno, su interacción con la naturaleza y su historia, infundiéndoles un sentimiento de identidad y continuidad y contribuyendo así a promover el respeto de la diversidad cultural y la creatividad humana.
 
[7]Chantal Mouffe (En torno a lo político, 1943) propone entender por “la política” el conjunto de prácticas correspondientes a la actividad política tradicional, mientras que “lo político” debería referirse al modo en que se instituye la sociedad: “Concibo “lo político” como la dimensión de antagonismo que considero constitutiva de las sociedades humanas, mientras que entiendo a “la política” como el conjunto de prácticas e instituciones a través de las cuales se crea un determinado orden”. Esta propuesta se apoya en el reconocimiento de que todo orden social es el resultado de la articulación de relaciones de poder y no un “orden natural” que fuera la expresión de una objetividad ajena a las prácticas contingentes que lo producen.